LA MULTIDIMENSIONALIDAD SOCIAL DE EL ALTO: hacia la configuración de una identidad alteña

La ciudad de El Alto ha superado ya sus cuatro décadas de existencia. Pese a haber dejado atrás hace tiempo su “mayoría de edad” urbana, aún persisten discrepancias sobre la identidad que debería asumirse. Esta introspección no es fortuita: en 1957, el entonces denominado “El Alto de La Paz” contaba con “aproximadamente 50.000 vecinos” (Fernández, 2021, p. 33). Tras expandirse desde la marginalidad, la urbe consolidó su autonomía oficial el 6 de marzo de 1985, momento en el que su población ya albergaba a “más de 360.000 habitantes” (Fernández, 2021, p. 108).
El Alto como ciudad multidimensional
Bourdieu teorizó el espacio social como un espacio multidimensional de posiciones en dos dimensiones: el volumen total de capital y la composición del capital. Este marco analítico fue diseñado originalmente para el abordaje de sociedades o Estados occidentales, tomando como caso específico el contexto francés (Bonnewitz, 2003, p. 46).
Sin embargo, aquí se propone a la ciudad de El Alto como una ciudad multidimensional porque, en un mismo espacio, pueden convivir superpuestas al menos cuatro dimensiones (institucional, simbólica, corporativizada y contingente), donde los sujetos no “pertenecen” a una sola, sino que operan estratégicamente en varias según el recurso que necesiten activar.
1. Dimensión institucional (tecnocrática)
Es la dimensión formal y material de la cultura dominante, desde la Colonia, hasta el Estado republicano y plurinacional, que se expresa en la burocracia con normas jurídicas, trámites administrativos, impuestos y títulos profesionales. Se puede conectar con la “burocracia racional” de Max Weber, así como con la “ciudad letrada” de Ángel Rama, el “Perú oficial” de José Matos Mar y la “Bolivia blanca” de Fausto Reinaga.
En este escenario convergen las promesas de “tecnocracia” que suelen proyectar los candidatos a la Alcaldía: una retórica centrada en la gestión, la eficiencia, el orden y la seguridad jurídica. Se trata de un intento institucional por imponer marcos normativos y reglas predecibles sobre una realidad social que, en el caso alteño, tiende constantemente a desbordar. Paradójicamente, el municipio alteño surgió como respuesta al abandono estatal, manifestado en la carencia de servicios básicos, el explosivo crecimiento demográfico y la resistencia al centralismo paceño. Su fundación no fue una iniciativa de los actores institucionales tradicionales (como burócratas o tecnócratas), sino el resultado de la movilización de sectores sociales organizados frente al déficit crítico de agua, electricidad y alcantarillado.
A partir de lo expuesto, resulta pertinente retomar la noción de “capital cultural” de Bourdieu. La teoría de Bourdieu sirve, pero no alcanza, porque sus teorías se diseñaron en una Francia donde prima el individualismo sobre el colectivismo, la formalidad sobre la informalidad.
2. Dimensión simbólica (o ideológica)
Es la dimensión que intenta dotar a la ciudad de un “alma” política e identitaria. Generalmente se destacan las corrientes indianistas, kataristas y qamiristas. Pese a sus matices, estas posturas reivindican la aymaridad como eje central y horizonte de progreso, resignificando lo ancestral para disputar el poder político en la ciudad alteña. No obstante, en ellos no existe uniformidad doctrinaria, del mismo modo que resulta imposible hablar de una “identidad aymara” que pueda ser totalizante, y mucho menos “qamiri”, que sea plenamente monolítica o aglutinante. Por tanto, existirían ideologías en disputa.
Sería injusto desconocer que las corrientes indianistas-kataristas contribuyeron decisivamente a la politización de la dignidad indígena-campesina y a la emergencia de El Alto como actor político clave. El problema no es ese legado, sino cualquier pretensión de convertir en horizonte identitario único para la urbanidad actual.
La dimensión simbólica y la institucional suelen tensionarse. En el plano discursivo, esto se expresa como “las dos Bolivias”. Una parte de los intelectuales de la dimensión simbólica luchan por instalar su visión como institucional, asimilando la tecnocracia y, parecería en muchos casos, promoviendo una aymaridad entendida como identidad obligatoria de los alteños. Esa pretensión podría chocar con la diversidad real de la ciudad. Según el Censo 2024, de una población total de 885.825 habitantes en El Alto, 430.982 se autoidentifican como aymaras; esto representa casi la mitad de la población; así también 14.945 se autoidentifican como quechuas; 1.760 se autoidentifican como afrobolivianos, etc.
Para nuestra realidad, tanto la dimensión institucional como la simbólica proyectan la aspiración, el anhelo y la condición de una “ciudad ideal” que nunca termina de concretarse. A partir de lo expuesto en esta dimensión, resulta pertinente retomar la noción de “capital simbólico” de Bourdieu.
3. Dimensión corporativizada (sindical-gremial-empresarial)
Es la dimensión donde radica el poder real. La conforman los gremiales, sindicatos de transportistas, juntas vecinales y diversas asociaciones que pueden controlar territorios, economías y flujos cotidianos. Es la “ley de la calle” organizada: no formal, pero altamente efectiva. Prima la lealtad sectorial o de grupo sobre la lealtad al Estado. Parte de su lógica heredó mecanismos étnico-culturales, pero en El Alto adquirieron rasgos propios. Aquí la educación formal no necesariamente define el estatus; lo que importa es la pertenencia al colectivo. Con el transcurso de la urbanidad, algunos miembros se profesionalizaron, pero la matriz de organización siguió siendo corporativizada.
El origen de la ciudad radica en la expansión y articulación de las primeras generaciones junto a las juntas vecinales. Este proceso fue impulsado originalmente por los “altopaceños”, los primeros habitantes de la ciudad de El Alto, principalmente migrantes aymaras y quechuas del área rural y trabajadores provenientes de centros mineros, entre otros. En esta dimensión reside el legado de figuras como Juan Cruz Mamani, Manuel Chávez Ticona y Santiago Gregorio Romero Morales, entre tantos destacados liderazgos que lucharon desde su “altopaceñidad” por la “alteñidad”. Su objetivo fue alcanzar la autonomía municipal mediante la creación de la Cuarta Sección de la Provincia Murillo, con El Alto como su capital. Los fundadores “altopaceños” pelearon por el “derecho a la ciudad” para todos sus habitantes (el bien común). En cambio, la burguesía emergente, sea cual sea su origen étnico o cultural, tiende a priorizar sus intereses de clase.
A partir de lo descrito en esta dimensión, se podría rescatar las nociones de “capital social” y “capital económico” de Bourdieu.
4. Dimensión contingente (o de la multiactividad)
Es la dimensión de los hijos y nietos de quienes ocuparon la dimensión corporativizada: jóvenes que accedieron a la formación técnica o universitaria, pero no encuentran empleo estable. Por subsistencia, se mueven entre lo formal y lo informal: hoy en una oficina; mañana, en la calle ofreciendo servicios o vendiendo productos; pasado mañana, con un contrato eventual con alguna institución estatal. Son las primeras, segundas y terceras generaciones urbanas de la ciudad de El Alto. Los sujetos son diversos: desde el profesional precarizado hasta los cuentapropistas informales no organizados (el joven que hace trámites o vende por redes sociales y trabaja por contratos cortos, técnicos unipersonales con talleres propios).
Tanto la dimensión corporativizada como la contingente configuran esa “ciudad real” que desborda los marcos institucionales y simbólicos.
De la aymaridad a la alteñidad
Esta crítica no va dirigida contra la identidad aymara ni contra quienes se reconocen en ella que son casi el 50% de los alteños, sino contra su uso como identidad cívica obligatoria para una ciudad plural y heterogénea como lo es El Alto.
Como bien se apuntó, quienes más han producido discurso retórico sobre la identidad han sido las corrientes indianistas-kataristas. Ahora bien, sin negar la ascendencia (motivo legítimo de orgullo), este enfoque es insuficiente y puede resultar problemático: la aymaridad es una autoidentificación transversal que atraviesa a poblaciones de muchas ciudades del país; no es exclusiva de El Alto. La autoidentificación aymara tiene una presencia significativa en los principales centros urbanos del país: ciudad de La Paz con 141.157 personas, seguida por la ciudad de Cochabamba con 28.457 y la ciudad de Santa Cruz con 19.489 ciudadanos que asumen esta identidad.
Los datos censales muestran que en la ciudad conviven múltiples autoidentificaciones. La identidad que hoy puede articularnos no es únicamente la aymaridad, sino la alteñidad. Es razonable trabajar una “identidad alteña” como marco cívico-político, sin que eso implique borrar la identidad aymara. Son planos distintos. Ser alteño es una identidad urbana compartida, más allá del lugar de nacimiento o del origen étnico o cultural (ciudadanía, experiencia de ciudad, trayectorias de movilidad, códigos urbanos). No importa si se nació en la ciudad de La Paz, si uno vive en El Alto y ha hecho aquí su vida, es alteño.
No se puede condicionar la identidad a una versión totalizante (lengua, rituales, genealogía, territorio histórico) porque reduce una realidad mucho más compleja y diversa. Existe, además, la tendencia a una doble censura: la presión por “asumir lo aymara” bajo códigos que no siempre reflejan la vida real de las nuevas generaciones; y la autocensura de quienes temen reconocerse como aymaras por no “cumplir” esos códigos o requisitos. Ambas censuras niegan la complejidad identitaria real de la ciudad. Puede haber habitantes que no se asuman como aymaras, pero negar la alteñidad viviendo en El Alto es negar la experiencia urbana concreta que estructura la vida cotidiana.
Además, las nuevas generaciones no cargan con el antagonismo de “las dos Bolivias”como fuertemente podría describirse antes. Las nuevas generaciones abrieron los ojos en El Alto. Su mundo cotidiano es El Alto. En sus redes sociales aparece lo alteño no como teoría, sino como experiencia vivida. Con cada generación, el vínculo directo con el mundo rural se transforma: no se borra el origen, pero se reconfigura en clave urbana.
La aymaridad nos vincula con paceños y con muchos otros lugares del país, pero no es la marca específica de lo alteño. Lo propiamente alteño es la experiencia urbana: su historia de organización popular, su economía callejera, su cultura de sobrevivencia, su sentido territorial de pertenencia. Pero no representa plenamente a jóvenes urbanos monolingues en castellano, alteños de orígenes mixtos, alteños sin adscripción étnica fuerte o migrantes no aymaras. El Alto ya no es solo “ciudad de migrantes”, la mayoría nació en la ciudad (primera, segunda y tercera generación urbana). La experiencia vital ya no es “rural-aymara” trasladada a la ciudad, sino “urbana-alteña” con raíces diversas. Asumir la identidad aymara no sería sostenible en el tiempo como marco integrador de urbanidad alteña.
La identidad alteña es más útil para política pública y para construir un proyecto de ciudad (urbanismo, empleo, vivienda, educación). En lo operativo, no es la etnicidad lo que articula la vida urbana, sino la ciudadanía, los derechos de ciudad, la pertenencia territorial y el proyecto cívico compartido. La identidad alteña funciona mejor como marco integrador. Cuando se insiste en que el horizonte identitario debe ser aymara, se genera rechazo en jóvenes urbanos, se refuerza la sensación de decirse a sí mismo “esto no me representa”, se politiza la etnicidad como requisito moral o se vuelve una identidad normativa rígida, no vivida. Trabajar la identidad alteña no implica imponer una identidad étnica como identidad cívica única. La identidad urbana no reemplaza la identidad cultural: la contiene sin obligarla ni totalizarla. El Alto ya es una ciudad con identidad propia. Negarlo es tan problemático como negar su raíz étnica.
Fustel de Coulanges demostró que se necesita un vínculo espiritual que se identifica como el origen de toda urbe, para nuestro caso, esto empezó con los primeros habitantes conocidos como altopaceños, esa la “ley de la calle”, propia de la dimensión corporativizada de los alteños. Para Henri Pirenne, el origen de la ciudad y de la burguesía no fue un plan estatal; las ciudades medievales renacieron cuando mercaderes y artesanos se asentaron fuera de los muros de los viejos castillos. Weber analiza cómo, en la historia, la ciudad surge cuando los gremios se organizan para arrebatarle el poder a los linajes tradicionales.
No se trata de negar la aymaridad, sino de dejar de tomarla como identidad totalizante y empezar a fortalecer lo que ya existe: la alteñidad. Asumir El Alto no como el lugar donde “alcanzaba para vivir”, sino como el lugar donde se nació o eligió vivir, y se construyen proyectos de vida y se produce identidad propia. El origen no se borra, pero la identidad común que hoy puede articularnos es, ante todo, ser alteños.
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Bonnewitz, P. (2003). La sociología de Pierre Bourdieu. Nueva Visión.
Bourdieu, P. (2002). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto. Taurus.
Bourdieu, P. (2007). El sentido práctico. Siglo XXI Editores.
Castells, M. (1974). La cuestión urbana. Siglo XXI Editores.
Fernández Rojas, J. (2021). Así nació El Alto (2.ª ed.). Centro de Formación y Capacitación para la Participación Ciudadana (FOCAPACI).
Fustel de Coulanges (2003). La ciudad antigua: Estudio sobre el culto, el derecho y las instituciones de Grecia y Roma. Editorial Porrúa.
Instituto Nacional de Estadística. (2024). Censo de Población y Vivienda 2024: Resultados preliminares de conteo poblacional. www.ine.gob.bo
Matos Mar, J. (1986). Desborde popular y crisis del Estado (3.ª ed.). Instituto de Estudios Peruanos.
Pirenne, H. (1983). Las ciudades de la Edad Media (3.ª ed.). Alianza Editorial.
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