NO ES EL ALTO: es la precariedad, la anomia y la falla institucional común en cualquier parte del territorio

Mi hipótesis es que la reacción de las personas que fueron al lugar del siniestro aéreo a recoger dinero desparramado no constituye un fenómeno particular ni atribuible a una identidad específica. Es probable que habría ocurrido algo similar en cualquier otra ciudad del país. No se trata de una característica cultural aislada, sino de un comportamiento que debe analizarse en su contexto estructural.
Para comprender este tipo de conductas es necesario situarlas en las “condiciones materiales” (Marx, Engels) en las que vive la mayoría de la población. En una sociedad atravesada por el sistema capitalista que genera desigualdad, competencia permanente por el ingreso económico y la informalidad, una parte significativa de las personas obtiene recursos orientados principalmente a la sobrevivencia (en muchos casos, diaria). La precariedad no es solo una condición económica, sino también psicológica: cuando las necesidades básicas no están plenamente cubiertas, las decisiones inmediatas suelen estar mediadas por la urgencia material.
Esto no implica negar la responsabilidad individual ni justificar las conductas reprochables. Significa, más bien, reconocer que el comportamiento humano no ocurre en el vacío moral, sino dentro de estructuras concretas que condicionan opciones y prioridades. Si las necesidades económicas no están resueltas, la prioridad tiende a ser asegurar ingresos, independientemente de la ocupación o del modo de ganarse la vida.
Por ello, el “moralismo” proveniente de quienes cuentan con estabilidad material (sueldo fijo, ingresos solventes, comodidad cotidiana) corre el riesgo de resultar descontextualizado. Juzgar moralmente sin considerar las condiciones estructurales que atraviesan a la mayoría de la población implica simplificar un fenómeno tan complejo.
Como sociedad deberíamos reflexionar más y aprender a ponernos en el lugar del otro. Yo mismo podría haber llegado en pocos minutos al lugar del siniestro. No me interesó. Me enteré casi una hora después porque cuando trabajo suelo desconectarme por completo de Facebook. Al ver luego por redes sociales que el lugar estaba lleno de gente, lo último que se me ocurrió fue pasar por allí. Esa experiencia personal me recuerda que nuestras decisiones también están condicionadas por nuestras rutinas, prioridades y contextos inmediatos.
Para alguien que tiene sus necesidades básicas cubiertas y cierto colchón económico, ver dinero en el suelo no activa una alarma de supervivencia. Puede generar sorpresa, curiosidad o incluso la decisión de devolverlo, pero rara vez un instinto de "apropiación inmediata".
Si hubiera ocurrido en zonas residenciales cerradas (condominios, barrios privados) habría redes de cámaras, guardias de seguridad y vecinos que se conocen entre sí. La probabilidad de ser identificado y juzgado moralmente es alta. Eso inhibe conductas que en el anonimato de una vía pública masiva se desatan.
Quien vive en inseguridad económica constante suele desarrollar una lógica de "oportunidad única", como diciéndose a sí mismo “si no agarro esto ahora, otro lo hará, y yo sigo igual”. Quien vive con estabilidad puede permitirse pensar a futuro: "si devuelvo esto, tal vez reciba una recompensa o al menos la satisfacción de haber hecho lo correcto".
Si una persona de zona residencial atravesara una situación de extrema necesidad (deuda impagable, desahucio, enfermedad), su reacción podría acercarse más a la de quien acudió a recoger dinero esparcido. La diferencia es que esa persona probablemente nunca ha estado en esa situación, y por eso puede juzgar moralmente desde afuera.
Entonces, cuando parte de la gente con mejores condiciones económicas condena lo ocurrido en El Alto, está condenando desde una posición estructural de privilegio que no reconoce como tal. Creen que ellos actuarían mejor porque "son más educados" o "tienen valores", cuando en realidad lo que tienen es menos necesidad y más que perder.
Además, el crecimiento urbano acelerado (particularmente en varias ciudades latinoamericanas) genera tensiones cuando no va acompañado de institucionalidad sólida, planificación efectiva y ampliación de oportunidades.
Cuando las estructuras estatales y normativas no "crecen" al mismo ritmo que su población y su economía, emergen desorden y conflictos ante situaciones críticas. Por eso sostuve que no es la sociedad la que falla, sino las instituciones que la sostienen (desde distintos ángulos abordado por Hobbes y Weber).
La desconfianza hacia los políticos es otro caldo de cultivo donde se inocula el caos. La rapidez con la que surgieron teorías sobre el origen ilícito del dinero (robo de políticos, narcotráfico) refleja que, para la sociedad, las instituciones han perdido su presunción de honestidad.
El “contrato social” (desde distintos enfoques abordado por Rousseau, Locke y Montesquieu) evidencia fisuras o es que no existió de tal modo por el colonialismo (Reinaga). Sumado el hecho social de la “anomia” (Durkheim) y el fenómeno de la desindividualización (Festinger, Zimbardo).
Lo dicho no implica que toda precariedad derive en estas conductas, sino que aumenta su probabilidad en contextos críticos y de anonimato.
Se procesa con mano dura a más de cincuenta personas por robo y daños al Estado, evidenciando una ironía dolorosa: la ley aparece con rapidez para sancionar, pero brilla por su ausencia cuando se trata de proteger y dar seguridad a la ciudadanía.
Por eso, más que quedarnos en la condena o en la indignación moral, deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones y nuestros gobernantes están realmente a la altura de las ciudades que hemos construido y de las complejidades sociales que enfrentamos. Solo desde esa reflexión estructural podremos aspirar a prevenir situaciones similares en el futuro.
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